Perder el norte. Lo que es terrorismo y lo que no lo es

El 27 de junio de 1978 yo tenía 8 años y junto a mi madre y a mis tres hermanos cogimos un tren expreso para irnos una temporada a Irún. Mi padre y Francisco se habían ido destinados al País Vasco unos meses antes cuando ascendieron a la categoría de sargento en la policía nacional. Recuerdo cómo les despedíamos desde la terraza de la cocina y nos sonreían mientras agitaban sus manos. Pronto se cumplirán 40 años de aquel día. En mi familia es algo parecido a un tabú porque fue la última vez que vimos a Francisco. ETA le ametralló mientras nosotros recorríamos ese trayecto interminable y apasionante por los pueblos de Castilla en dirección a Euskadi.

Nos enteramos en la estación y nunca mis hermanos y yo volvimos a hablar del tema porque vivíamos con miedo. Con miedo de que asesinaran a mi padre, al hombre más bueno que he conocido jamás y en el que no vi nunca ni un atisbo de violencia ni de odio, incluso en una sociedad atravesada por la violencia y el odio.

Irún era y es precioso. Paisajes maravillosos que no pude disfrutar suficientemente en mi infancia porque teníamos pavor de que el siguiente entierro fuera el de mi padre. Caminar separados de él en la calle o no darle la mano para protegernos al tiempo que se escuchaban cosas como “ETA mátalos” u “hoy hay carne fresca” después de la noticia de un asesinato…  Amenazas de todo tipo y muchos años mirando debajo del coche.

Nunca entendí por qué para la causa del socialismo era necesario matar ni a obreros con uniforme ni a nadie. Tampoco ahora lo puedo comprender.

Eso era terrorismo y las explicaciones políticas, que las hay, solo sirven para eso, para explicar y nunca justificar la violencia contra las personas. Y había explicaciones políticas y vulneración de libertades del pueblo vasco. También crímenes de estado y torturas policiales que sucedieron a una dictadura feroz en cuanto a la represión en todo el estado pero con hitos especialmente duros en Euskadi.

Francisco no fue el último. Después de él, centenares de personas fueron asesinadas. La mayoría por ETA, otras por el Batallón Vasco Español y el GAL. Pero afortunadamente la historia puede ir cambiando a mejor. ETA ha anunciado el cese definitivo de su actividad armada y eso permite ir avanzando en procesos de paz y reconciliación gracias, entre otras cosas, a que muchas víctimas contribuyen a construir esa nueva realidad. El comunicado de ETA de este viernes en el que pide perdón y reconoce el daño causado y el sufrimiento desmedido en el transcurso de su trayectoria armada al tiempo que reconoce su responsabilidad directa en ese dolor es una excelente noticia para quienes anhelamos la paz y la reconciliación.

Por eso me resulta doloroso que haya quien quiera incendiar de nuevo una sociedad en ese lento y complejo tránsito hacia la paz.

No, no voy a aplaudir a los que cargados de copas agredieron a dos guardias civiles y a sus parejas en Altsasu. Jamás defenderé ni justificaré esos hechos violentos y vaya por delante mi apoyo personal hacia quienes fueron víctimas esa noche. Golpes, patadas, insultos y seguramente amenazas.

Detestable en grado sumo, pero no puedo estar de acuerdo con quien exige prisión provisional durante más 500 días para los chavales que presuntamente les agredieron y pide penas de prisión por delitos graves de terrorismo de 375 años para el conjunto de los investigados por una pelea de bar. A eso yo lo llamaría perder el norte y lo peor es que alimentan el odio que es imprescindible erradicar. Retrasan las manecillas del reloj y nos devuelven a 1978. A mí me llevan a aquella estación de tren de Irún, me devuelven a un tiempo que, afortunadamente, estamos camino de superar.

Una agresión que jamás debió haber ocurrido. Pero una respuesta judicial absolutamente desproporcionada solo da fuerzas a quienes querían y quieren asesinar a obreros como Francisco o como mi padre y a quienes buscan ventaja política en la confrontación en la sociedad vasca.

Quienes sufrieron la agresión piden justicia y están en su derecho. Pero precisamente un estado que quiera ser “de derecho” no puede actuar desde la venganza y eso es precisamente lo que en mi opinión está ocurriendo. Entre la impunidad y la acusación de terrorismo por estos hechos hay la misma distancia que existía entre los asesinatos de ETA y el terrorismo de estado de los GAL: una distancia sideral.

Como decía Gandhi, no hay caminos para la paz, la paz es el camino. Creo que es mucho más fuerte el diálogo que la represión y el amor que el odio.

Lo aprendí en casa gracias a un policía nacional bueno y a una mujer extraordinaria, gracias a mis padres.

 

Carlos Sánchez Mato